La esencia de la arquitectura es el espacio

La esencia de la arquitectura es el espacio

Otro grupo metodológico es el integrado por aquellas teorías que consideran que la esencia de la arquitectura es el espacio. Como señala Bruno Zevi en su obra Saper vedere l’architettura (1948), ya Focillón (1881-1943) había intuido esa idea al afirmar que «… es tal vez en la amsa interna donde reside la profunda originalidad de la arquitectura como tal». Pero quien realizó por primera vez una clara interpretación espacial de la arquitectura a lo largo de la historia fue Alois Riegl en Die Spätrömische Kunsindustrie nach den Funden in Österreich (La producción artística romana tardía según los hallazgos en Austria, 1901). Esta concepción se impuso con fuerza a partir de la publicación de las obras de Heinrich Wölfflin y Paul Frankl, y ha sido defendida con entusiasmo por Bruno Zevi, Francastel y Siegfried Giedion. Todos ellos buscan el elemento caracterizador de la arquitectura en algo ajeno a la función. Pero el espacio por sí solo tampoco puede explicar todo el valor de un edificio. Si realmente sólo contara el espacio interior, contenido por los muros, no importaría la calidad de éstos, su material, sus formas esculpidas o modeladas, la ornamentación, la luz que incidiera sobre ellos, no importaría siquiera su existencia ya que, como afirma Roger Scruton en su obra La estética de la arquitectura(1985), en el espacio sin límites estarían contenidas todas las formas posibles de espacios interiores, incluso las más perfectas.

Aun cuando Bruno Zevi afirma que «… la esencia de la arquitectura no reside en la limitación material impuesta a la libertad espacial, sino en el modo en que el espacio queda organizado en forma significativa a través de este proceso de limitación… las obstrucciones que determinan el perímetro de la visión posible, más que el “vacío” en que se da esta visión», no omite el estudio de esos límites, del mismo modo que Siegfried Giedion, al tratar la teoría espacialista, no deja de conectarla con un cierto análisis histórico. En la opinión de este último,se dan tres etapas en el desarrollo de la arquitectura. Una primera, en que el espacio adquiere realidad por la interacción de volúmenes (Egipto, Sumer, Grecia…), época en que no se tenía en cuenta el espacio interior y se prestaba especial atención al exterior. La segunda fase comienza con el Imperio Romano y representa la conquista del espacio interior y, finalmente, la tercera que se inicia a comienzos de nuestro siglo XX y que, como resultado de la revolución óptica que representó el Cubismo al acabar con la perspectiva de punto de vista único, inició las relaciones entre espacio interior y espacio exterior. Lo cierto es que el espacio, si bien es condición necesaria para la existencia de la arquitectura, no agota su experiencia ni su sentido.

 

El espacio, protagonista de la arquitectura


 “¿Cuál es el defecto característico del modo de tratar la arquitectura en las historias del arte comunes? Consiste en el hecho de que los edificios se juzgan como si fuesen esculturas o pinturas, de un modo externo y superficial como puros fenómenos plásticos. 
 … El carácter primordial de la arquitectura, el carácter por el que se distingue de las demás actividades artísticas reside en su actuar por medio de un vocabulario tridimensional que involucra al hombre. La pintura actúa en dos dimensiones, aunque pueda sugerir tres o cuatro. La escultura actúa en tres dimensiones. pero el hombre permanece al exterior, separado, mirándolas desde fuera. La arquitectura, por el contrario, es como una gran escultura excavada en cuyo interior el hombre penetra y camina.(…) 
 La planta de un edificio no es, en realidad, más que una proyección abstracta sobre el plano horizontal de todos sus muros.(…) Pero la arquitectura no deriva de una suma de longitudes, anchuras y alturas de los elementos constructivos aunque envuelven el espacio, sino dimana propiamente del vacío, del espacio envuelto, del espacio interior, en el cual los hombres viven y se mueven. (…) 
 … Una planta puede ser abstractamente bella en el papel, … y, a pesar de eso, el edificio puede resultar arquitectónicamente pobre. El espacio interno aquel espacio que no puede ser representado completamente en ninguna forma, ni aprehendido ni vivido, sino por experiencia directa, es el protagonista del hecho arquitectónico. (…) 
 En todo edificio, lo que contiene, es la caja de muros, lo contenido es el espacio interno. Muy a menudo, el uno condiciona al otro, pero, por regla general tal relación tiene excepciones muy numerosas en el pasado, particularmente en la arquitectura barroca. (…) 
 ¿Cuántas dimensiones tiene la “caja de muros” de un edificio? ¿pueden ser identificadas con las dimensiones del espacio, o sea de la arquitectura? 
 El descubrimiento de la perspectiva, es decir, de la representación gráfica de las tres dimensiones -altura, profundidad y ancho- podía hacer creer a los artistas del siglo XV que poseían finalmente las dimensiones de la arquitectura y el método de representarla. (…) Pero, precisamente cuando todo parecía críticamente claro y técnicamente logrado, la mente del hombre descubrió que además de las tres dimensiones de la perspectiva existía una cuarta. Esto ocurrió con la revolución dimensional cubista del período inmediatamente anterior a la guerra de 1914.(…) 
 El pintor parisiense de 1912 hizo este razonamiento: yo veo y represento un objeto, por ejemplo, una pequeña caja o una mesa; la veo desde un punto de vista, y hago su reproducción en sus tres dimensiones desde ese punto de vista. Pero si giro entre las manos la caja, o camino en torno a la mesa, a cada paso varío mi punto de vista, y para representar el objeto desde uno de estos puntos, tengo que hacer una nueva perspectiva. Por consiguiente, la realidad del objeto no se agota en las tres dimensiones de la perspectiva; para representarla integralmente tendría que hacerse un sinfín de perspectivas desde los infinitos puntos de vista. Hay, por tanto, otro elemento, además de las tres dimensiones, y es precisamente el desplazamiento sucesivo del ángulo visual. Así fue bautizado el tiempo como “cuarta dimensión”. 
 La cuarta dimensión pareció responder de modo exhaustivo a la cuestión de las dimensiones en la arquitectura.(…) En arquitectura, se pensó, existe el mismo elemento “tiempo” o, mejor dicho, este elemento es indispensable para la actividad edilicia. (…) Toda obra de arquitectura, para ser comprendida y vivida, requiere el tiempo de nuestro recorrido la cuarta dimensión. El problema pareció resuelto una vez mas. 
 Sin embargo, una dimensión que es común a todas las artes, no puede ser característica de ninguna. Y por esto el espacio arquitectónico no se agota con las cuatro dimensiones. (…) el hombre, que moviéndose en el edificio y estudiándolo desde sucesivos puntos de vista crea, por así decir, la cuarta dimensión, comunica al espacio su realidad integral.(…) 
 … La cuarta dimensión es suficiente para definir el volumen arquitectónico, es decir, la caja de muros que involucra el espacio. Pero el espacio en sí -la esencia de la arquitectura- trasciende de los límites de la cuarta dimensión.(…) 
 La definición más precisa que se puede dar hoy de la arquitectura es aquella que tiene en cuenta el espacio interior. (…) todo lo que no tiene espacio interno no es arquitectura. 
 La experiencia espacial propia de la arquitectura tiene su prolongación en la ciudad en las calles y en las plazas en las callejuelas y en los parques, en los estadios y en los jardines, allí donde la obra del hombre ha delimitado “vacíos”, es decir, donde ha creado espacios cerrados. Si el interior de un edificio está limitado por seis planos (suelo, techo y cuatro paredes), esto no significa negar la cualidad de espacio a un vacío cerrado por cinco planos en lugar de seis, como ocurre en un patio o en una plaza. (…) Dado que cada volumen edilicio, cada “caja de muros”, constituye un límite, una cortadura en la continuidad espacial, es claro que todo edificio colabora en la creación de dos espacios: los espacios internos definidos completamente por cada obra arquitectónica, y los espacios externos o urbanísticos que están limitados por cada una de ellas y sus contiguas.(…) 
 Decir que el espacio interno es la esencia de la arquitectura, no significa de ninguna manera que el valor de una obra arquitectónica se agote en el valor espacial. Todo edificio se caracteriza por una pluralidad de valores: económicos, sociales, técnicos, funcionales, artísticos, espaciales y decorativos,… Pero la realidad del edificio es consecuencia de todos estos factores, y su historia válida no puede olvidar ninguno de ellos. (…) 
 La historia de la arquitectura es, ante todo, la historia de las concepciones espaciales. El juicio arquitectónico es fundamentalmente un juicio acerca del espacio interno de los edificios. Si este juicio no se puede expresar por la carencia de espacio interior, como ocurre en los distintos temas constructivos -sea el Arco de Tito, la Columna Trajana o una fuente de Bernini- desborda la historia de la arquitectura y pertenece, como espacio volumétrico a la historia del urbanismo y como valor artístico intrínseco a la historia de la escultura. Si el juicio sobre el espacio interno es negativo el edificio forma parte de la no-arquitectura, o mala arquitectura, aunque en última instancia sus elementos decorativos puedan ser abarcados en la historia del arte escultórico. Si el juicio sobre el espacio de un edificio es positivo, éste entra en la historia de la arquitectura, aunque la decoración sea ineficaz es decir, aunque el edificio considerado íntegramente no sea satisfactorio.”

BRUNO ZEVI.- “Saber ver la arquitectura” 
Ed. Poseidón. Barcelona. 1981. (4ª ed.) págs 15-32.

El espacio en la arquitectura.-


 “Después de los escritos de Bruno Zevi y Sigfried Giedion quizá no requieren demasiada explicación ni este concepto del espacio arquitectónico, ni la historia de la concepción espacial, sobre la cual también ha reflexionado Santiago Sebastián; sólo haremos, pues, algunas precisiones. 
 La arquitectura es un arte que trabaja en tres dimensiones, y, por lo tanto, con un espacio físico real: el del interior arquitectónico y el que irradian los volúmenes externos; pero no es esto lo mas importante. Lo ver-daderamente importante es la creación de un ambiente, de un espacio peculiar, por medio de la distinta sintaxis formal del repertorio estilístico. El espacio arquitectónico no es solo un espacio tridimensional, sino que desde un principio entra a jugar en su concepción una cuarta dimensión concebida como tiempo-movimiento, es decir, recorrido; la creación y, por consiguiente, su experimentación -verdadera meta de la arquitectura- requieren un tiempo y un movimiento, así como un esfuerzo, y como dice B. Zevi: (“… aquí el hombre moviéndose en el edificio y estudiándolo desde sucesivos puntos de vista crea, por así decirlo, la cuarta dimensión, comunica al espacio su realidad integral”). 
 La experimentación directa del espacio es insustituible, estando íntimamente ligada a la función y a la ejecución funcional del edificio. Esto hace que nos parezcan vacíos de contenido aquellos edificios de los que no hemos captado bien su sentido espiritual o funcional, y a los que simplemente vemos con ojos de turistas. Esta experimentación espacial no solo requiere la mera presencia física del contemplador y del edificio, sino también el estudio de las concepciones y condiciones socioculturales del momento en que fue hecho. Este espacio arquitectónico es irrepresentable por otros medios, y la emoción experimentada solo se puede preparar con el estudio y los procedimientos gráficos más avanzados (fotografía, cine, planos, descripciones, etc.); pero nunca el estudio del edificio, por exhaustivo que sea, puede hacernos experimentar la sensación espacial arquitectónica, que solo con su visión, comprensión y conocimiento directo tendremos; es mas, la vivencia del espacio arquitectónico mueve, y modela incluso, la disposición anímica, provocando una especial sensibilidad y estado de animo en el hombre inmerso en el. 
 Cuatro factores vienen a ser los esenciales y configurativos del espacio arquitectónico: 1) las directrices o ejes de composición general, que determinan los principales caminos de recorrido espacial, y, con ellos, los recorridos secundarios; 2) los muros o tratamiento de las formas que envuelven al espacio físico; 3) la luz y el color; 4) la escala o proporciones del edificio, tanto con respecto al hombre como en relación a cada una de sus partes. De todos ellos ha sido el tratamiento de las superficies de los muros el que mas atención ha recibido en la historia de los estilos. 
 S. Giedion ha distinguido tres edades fundamentales a lo largo de la Historia: 1) la arquitectura como volúmenes de espacios radiales, o irradiadora de espacio-volumen externo: comprende el mundo antiguo de Egipto llegando hasta Grecia; 2) la arquitectura como espacio interno, que nace en Roma y perdura hasta el siglo XIX; 3) la arquitectura concebida como volumen y como espacio interior, por interpenetración de espacios internos y externos: es la obra de nuestros grandes artistas actuales como Mies, Wright, Le Corbusier y otros. 
 Aunque valida en general esta división, requiere mu-chas apreciaciones particulares, tanto si hablamos de épocas como si hablamos de edificios concretos; apreciaciones que, en parte, ya han sido hechas por B. Zevi, Ch. Norberg-Schulz y S. Sebastián. A objetivos más pormenorizados se han dedicado otros estudios entre los que merece ser destacado el de F. Chueca sobre el espacio hispano-musulmán.”

Varios autores.- Introducción general al arte. 
Ed. Istmo. Madrid 1980. Págs. 79-81.


La arquitectura como espacio interior


 “Para introducir este tema sobre el lenguaje de la arquitectura, se ha preferido definirla con sencillez como espacio interior, en homenaje al italiano Bruno Zevi, el famoso arquitecto, crítico e historiador de la arquitectura, con cuya obra clásica titulada Saber ver la arquitectura se han iniciado en el análisis crítico de la arquitectura tantos estudiosos. 
 A comienzo de los años cincuenta del siglo XX todavía lamentaba Zevi la ignorancia y el desinterés del público por la arquitectura, la escasa atención que le concedían los diarios en comparación con la dedicada al resto de las artes, calificándola por ello como “la gran olvidada”. Zevi atribuía parte de la responsabilidad en esta actitud del público al tratamiento que la arquitectura había recibido en las historias del Arte comunes, señalando los dos extremos más frecuentes, que en unas “los edificios se juzgan como si fuesen esculturas o pinturas, de un modo externo y superficial, como puros fenómenos plásticos”, olvidando considerar lo que es específico de la arquitectura, mientras que por otro lado “los ingenieros continúan escribiendo historias de la arquitectura que son historias de la construcción técnica”. La arquitectura como obra de arte se hallaba necesitada de una precisa configuración de su lenguaje específico. 
 Esta imagen y valoración de la arquitectura ha cambiado de forma considerable durante la segunda mitad de este siglo XX debido en buena parte a la aportación crítica de historiadores como la del mencionado Bruno Zevi o como las de Nikolaus Pevsner y Sigfried Giedion. Pevsner publicó en 1942 su Esquema de la Arquitectura Europea, una excelente síntesis de Historia de la Arquitectura, rigurosa y clara, las mejores cualidades de una obra de divulgación, que se constatan desde el inicio del texto, cuando para anticipar la diferencia conceptual entre arquitectura y construcción arranca con este ejemplo tan sencillo como eficaz: “Una nave para guardar bicicletas es una construcción; la catedral de Lincoln es una obra de arquitectura”. 
 Pero la definición de la arquitectura como espacio interno es resultado, además, de la evolución de la Historia del Arte. Pues deriva de la división tradicional de las Bellas Artes en “artes del espacio” y “artes del tiempo”, que incluía entre las primeras la arquitectura, la escultura y la pintura. Resulta lógico que la crítica posterior haya profundizado finalmente en la diferente concepción del espacio por parte de estas tres manifestaciones artísticas. 
 De nuevo las palabras de Bruno Zevi nos ayudan a desvelar esta diferente concepción espacial de la arquitectura, la escultura y la pintura: “La pintura actúa en dos dimensiones, aunque pueda sugerir tres o cuatro. La escultura actúa en tres dimensiones, pero el hombre pertenece al exterior, mirándolas desde fuera. La arquitectura, por el contrario, es como una gran escultura excavada, en cuyo interior el hombre penetra y camina”. 
 La arquitectura, por supuesto, también actúa en dos dimensiones cuando compone muros o fachadas, pero éstos son valores propios de la pintura; y también se expresa mediante volúmenes, cuando articula todo el conjunto exterior del edificio, pero éstos son valores propios de la escultura. Así pues, la verdadera esencia de la arquitectura, la que la diferencia de la pintura y de la escultura, es el espacio interior, en el cual el hombre vive y se mueve, una arquitectura que para ser comprendida y vivida requiere el tiempo de nuestro recorrido, la cuarta dimensión. El espacio interior es, pues, la dimensión propia del trabajo del arquitecto. 
 Continuando con el desarrollo del pensamiento de Zevi, está claro que cada volumen edilicio contribuye con su “caja de muros” a la configuración de dos espacios: de un lado los muros delimitan el espacio interior, un espacio cerrado, que es la verdadera esencia de la arquitectura, pero de otro con su volumen exterior y junto con los edificios contiguos delimitan el espacio externo, o sea, el espacio propiamente urbanístico. En un sentido estricto y riguroso para Zevi aquellos edificios que carecen de espacio interior propiamente dicho, como el Arco de Tito o la Columna de Trajano, no interesan a la Historia de la Arquitectura, sino que tienen de un lado valores urbanísticos, en cuanto que configuran un espacio exterior, y valores escultóricos intrínsecos, configurados por su propia tridimensionalidad. 
 En todo caso los análisis críticos de Zevi, de Pevsner o de Giedion, han contribuido de modo decisivo a convertir la Historia de la Arquitectura, ante todo, en una historia de las concepciones espaciales. E1 propio Zevi dedica uno de los capítulos más extensos de su obra citada a una consideración histórica de las edades del espacio. La Historia de la Arquitectura como historia de los espacios arquitectónicos ha adquirido un extraordinario predicamento y, según se desarrolla en el comentario bibliográfico a este tema, algunas editoriales, como Nueva Visión de Buenos Aires, ofrecieron en su momento una destacada colección de libros sobre Historia de la Arquitectura, cuyos textos estaban planteados básicamente desde el punto de vista de la valoración espacial. E1 mismo Pevsner comparte este planteamiento cuando afirma al comienzo de su manual que “la Historia de la Arquitectura es la historia del hombre en su labor de organizar y dar forma al espacio, y por eso el historiador debe tener siempre presentes los problemas espaciales”. 
 Pero el hecho de que en el pensamiento de Zevi la interpretación espacial de un edificio sea suficiente como instrumento crítico para juzgar una obra de arquitectura no quiere decir, en absoluto, que el valor de una obra arquitectónica se agote en el valor espacial. En efecto, todo edificio se caracteriza por una pluralidad de valores (según Zevi, además de los espaciales, los económicos, sociales, técnicos, funcionales, estilísticos y decorativos), de los que es muy legítimo ocuparse.
 Abordar todo el abanico de posibilidades críticas sobre la arquitectura desborda ampliamente el objetivo de este breve manual; por ello se han seleccionado algunos temas como la especificidad del proyecto arquitectónico y, con mayor cohesión temática, los tres aspectos obligados de cualquier reflexión sobre arquitectura: la forma, la función y el significado.”

Gonzalo M. Borrás.- Teoría del arte I. 
Historia 16. Conocer el arte. Madrid 1996. Págs. 47-50

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