Los principios de la escultura egipcia

Los principios de la escultura egipcia

Excepto en contados momentos históricos, en el arte egipcio solo se presentaba la figura humana en tensión espiritual y física, totalmente ajena a la vida diaria. Se presentaba a dioses, faraones y príncipes como seres sobrenaturales para los que el dolor y la alegría no existían, sorprendidos en un continuo desfile o ceremonia oficial.

Por razones técnicas comunes a la mayoría de los pueblos de Oriente Próximo y seguramente por la idea egipcia de la elegancia, en la antigüedad, incluso cuando estas figuras son representadas en marcha, parecen rígidas. Esa falta de movimiento se debe a la llamada ley de la frontalidad: las figuras se nos aparecen rigurosamente de frente, sin torsión, con la mirada alta y fija en el frente y los brazos, caídos con fuerza, unidos al cuerpo. Cuando los avanzan, solo destacan el antebrazo. La laxitud y el abandono no existen salvo en casos excepcionales para los escultores egipcios.

Como sabéis, en este campo fueron fundamentales los dioses egipcios, representados con sus atributos correspondientes. Osiris es el dios solar que recorrió el firmamento navegando en su nao y nos lo enseñan en forma de momia, con látigo y cayado, un kalf (paño que le cubre cabeza y hombros) y una serpiente o ureus en la frente. Como a Osiris están consagrados los carneros, a veces su tocado se completa con los cuernos de ese animal, llamándosele entonces Amón.

Y Osiris, en estado naciente y remontándose en el firmamento, es llamado Horus: entonces suele aparecer como niño con el dedo en la boca y la cabeza pelada con una trenza; si es mayor, con cabeza de halcón.

Isis, esposa de Osiris, es la diosa madre, de carácter lunar. Se la representa a veces dando el pecho a su hijo o al faraón y se la corona con el disco de la luna llena y los cuernos de la vaca Hathor. También se representaba a menudo a Sakhit (con cabeza de felino) y Anubis, dios de los muertos (con cabeza de chacal).

Al faraón nos lo mostraban con la corona troncocónica del Bajo Egipto, con la tiara del Alto Egipto o con ambas a la vez, lo más frecuente.

Las esculturas egipcias de animales son -si habéis tenido alguna cerca, lo sabéis- apasionantes. Por su carácter divino, se dedicó mucho esmero a sus imágenes de bulto redondo. En general, tampoco se les concede movimiento: como a dioses y hombres, se les representa en reposo, definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio pero expresivo. Ángulo Íñiguez decía que, al estar dotados para ellos de hálito divino, los labraban con la emoción con la que un autor medieval esculpía la imagen de un santo.

Además del bulto redondo, los escultores egipcios trabajaron el relieve: el bajo más que el medio. Tendían a rebajar la parte del fondo -hueco relieve-, no empleaban la perspectiva y representaban la figura de perfil. Quizá en algún momento se debiese a que no podían interpretar el rostro de frente, pero la existencia de varias excepciones en la pintura del Imperio Nuevo nos hace pensar que preferían estas representaciones. De todos modos, hacían algunas concesiones convencionales a la frontalidad: el cuerpo se tuerce desde la cintura y se nos muestra de frente para volver a presentarnos el rostro de perfil (salvo el ojo).

Parece que los escultores egipcios imaginaban a los dioses o al faraón de un tamaño mucho mayor al de los mortales. En el periodo menfita, desarrollaban las diversas escenas en filas paralelas de figuras, sin intención de dar idea de escenario. Más adelante, aún sin conocimiento de la perspectiva, se simultanean varias escenas en un mismo escenario y, ya en el Imperio Nuevo, las composiciones se hacen más dinámicas.

Los temas de los relieves son diversos: además de las historias de índole religiosa, muchas referidas a la vida ultraterrena, y de las campañas del faraón, se representaron casi todas las faenas de la vida egipcia: desde las agrícolas a la caza, e incluso estampas familiares, simplificadas pero con un fino criterio decorativo.

Los relieves se distribuían en los edificios por los más diversos lugares: revestían interiores de templos y sepulcros, decoraban columnas y pilastras o se esculpían (gigantescos) en los pilonos. Casi siempre se alternaban con inscripciones jeroglíficas.

En cuanto a materiales, el preferido solía ser la piedra dura, como el basalto oscuro o el granito gris o rosa, aunque también empleaban la caliza y la madera. En estos últimos casos, solían policromarlos.

Trabajaban en todas las escalas, desde las gigantescas a las figurillas de madera, verdaderos juguetes del ajuar funerario, aunque preferían las dimensiones colosales.

Los monumentos escultóricos egipcios más antiguos son colmillos de elefante con rostros barbados en su punta y placas de pizarra con relieves tomados de tumbas predinásticas. Estas representaban -en la parte superior podéis verlo- animales totémicos (jirafas, chacales) o escenas guerreras, como las de Menes, faraón que inició la primera dinastía.

En el periodo menfita, el estilo que perdurará muchos siglos ya se encontraba plenamente formado. La estatua sedente de Kefren, maciza y rígida, con los brazos unidos al cuerpo y cubierta con su kalf, y el grupo de Micerino y su mujer, ambos en actitud de marcha, ella vestida con una túnica que subraya sus formas, avanzan lo que será la escultura posterior.

Por sus gigantescas dimensiones impresiona la esfinge de Gizah, tallada en una enorme roca. Suponemos que su cabeza retrata a Kefren.

Pese al empaque cortesano de las estatuas de los faraones, el agudo sentido de la observación de los escultores egipcios de entonces se manifiesta en los rasgos de los rostros de esos mismos personajes reales, a menudo poco idealizados. Las estatuas sedentes de Rahotep y Nefrit, príncipes de la III dinastía, pueden asumirse como retratos.

Típicas de este momento son las estatuas de escribas sentados con las piernas cruzadas y escribiendo sobre un tablero. La del Museo del Louvre, de piedra caliza pintada, sorprende por la fuerza del retrato del rostro, de boca apretada y ojos fijos, reflejo de la atención intensa con que escucha. Más incorrectas, pero derivadas del mismo deseo de naturalidad, son las estatuillas funerarias de servidores del difunto, que aparecen en faenas domésticas.

Además, se esculpen en los sepulcros del periodo menfita un buen número de relieves con escenas diversas de la vida egipcia en los que alternan figuras humanas y animales.

La mayor parte de la escultura egipcia que se ha conservado es del periodo tebano. Del Imperio Medio son estatuas como la de Sesostris I y la Esfinge de Tanis. En el Imperio Nuevo, dentro de las normas generales fijadas en época menfita, aparecen algunas actitudes nuevas y las proporciones cambian algo. Entonces se esculpió la Vaca de Deir-el-Bahari o la diosa Hathor-una de las obras cumbre de la escultura animalista antigua-. La escultura de tipo gigantesco se desarrolló en los extraordinarios Colosos de Memnón, estatuas de Amenothep III muy deterioradas que el faraón hizo labrar ante su templo y que no miden menos de dieciséis metros de altura. Por la fineza de su ejecución destaca el Ramsés III del Museo de Turín.

Dentro del uniforme estilo tebano, constituye un paréntesis, por su intenso naturalismo, la escultura de la época de Amenothep IV, el faraón revolucionario del culto al sol que trasladó la corte a Tell-el-Amarna. Algunos relieves lo representan acompañado por su mujer, Nefertiti, y por sus hijos, recibiendo los rayos de su dios Aton, el sol que calienta.

La obra más bella de la escuela, desarrollada en el taller de Tutmés, escultor real cuya casa fue descubierta en excavaciones, es, cómo no, el busto policromado de Nefertiti, ahora en Berlín. Pero la vida de Tell-el-Amarna fue corta y pronto la capitalidad volvió a Tebas y la escuela tebana fue de nuevo la oficial.

En el periodo saíta parece que la mayor preocupación de los escultores fue la suavidad y blandura del modelado y la tendencia a las formas contorneadas. Buenos ejemplos son la dama Tukusit y la Cabeza verde. Ese virtuosismo enlaza con la influencia helénica en el periodo alejandrino, en el que la escultura egipcia terminó por perder su carácter primitivo. Conservó sus fórmulas generales de frontalidad y actitud, pero el modelado se adoptó al gusto clásico. Casi podríamos referirnos a las obras de entonces como estatuas griegas con las vestiduras y actitudes egipcias.

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